Frómista, el recuerdo más hermoso del románico

Iglesia de San Martin de Frómista

Después de haber recorrido buena parte de España, uno no puede por menos que sentarse un momento a dar un repasito a las fotografías y darse cuenta que es prácticamente imposible elegir un lugar que nos haya gustado por encima de los demás. Porque cuando crees que lo has visto todo, aparece otro rincón, que tiene lo que te faltaba por ver, y así otro, y luego otro más. Y aunque repitas sensaciones, son distintas, porque la esencia de cada sitio tiene una particularidad especial que lo hace diferente.

Algo así es lo que me pasó con Frómista, en la provincia de Palencia, un pequeño pueblo del que yo pensaba que apenas podía sacar una pequeña parada de avituallamiento, y del que guardo hoy un recuerdo imborrable. Como dormido en la Tierra de Campos palenciana, Frómista tiene muchos lugares asociados al Camino de Santiago.

Por ejemplo el antiguo hospital de la plaza de San Telmo, con la estatua del patrón de los marineros, que aquí por Palencia resulta raro pero curioso. Desde la plaza podéis observar la Iglesia de San Pedro, del que os aconsejo pasar al interior y contemplar una gran muestra de pinturas y esculturas.

Pero la impresión se os quedará para siempre entre los muros de la Iglesia de San Martín. Aún cada vez que la recuerdo me pregunto si puede haber algo de tanta belleza y romanticismo. Esta iglesia se considera el máximo ejemplo del románico español. Posiblemente su construcción se inició en las últimas décadas del siglo XI.

Seguro que contemplándola no os pondréis a discutir sobre la fecha de inicio de sus obras, porque la Iglesia de San Martín bien merece la pena un silencio y unos minutos de admiración y deleite. El exterior es muy sobrio, pero sobrecoge. Muy coquetas son las dos torres cilíndricas que flanquean la portada.

En el interior hay tres naves y un crucifijo del que guardo varias fotografías porque me impresionó sobremanera. Es del siglo XIII, y está rodeado por pilares y columnas. Contemplarlo en la oscuridad y el silencio románico es un gusto que, desafortunadamente, sólo cabe en el hermoso baúl de la memoria. Poneros debajo de la cúpula y mirar hacia arriba. Parece como si una nube de ladrillos y piedras se os pudiera venir encima en cualquier momento. Es una sensación mágica.

Frómista bien valió la pena, aunque sólo sea por callejear y deslumbrarnos ante la Iglesia de San Martín. Nunca pensé que en un rincón así vivieran las mismas raíces de la belleza románica, el silencio y el misticismo más abrumador. Cuando abandonas Frómista, y la dejas atrás, resulta imposible no volver la cabeza y despedirla con una sonrisa y un grato sabor a románico en el recuerdo.

Autor: admin

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